La genética ha jugado piedra, papel o tijera con estas lagartijas por millones de años

Todos alguna vez hemos jugado “piedra, papel o tijera”, ya sea para decidir quien hace primero alguna acción o para que el perdedor haga lo que nosotros no queríamos. Este juego ha trascendido generaciones y su modo de jugar es bastante simple, ¿verdad? La piedra rompe las tijeras, las tijeras cortan el papel y el papel cubre a la piedra.

 

A menos que queramos complicarlo un poco, podemos agregar dos elementos más, el legendario personaje de Star Trek, Spock, y el lagarto. Y, aunque muchos conocen esta versión por la serie The Big Bang Theory, la idea –en realidad- la concibieron Sam Kass, un ingeniero informático, y su esposa, Karen Bryla, allá por los noventa, entre 1995 y 1996.

 

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 Fuente: Demonigote / Turrilandia

 

Incluso con esta versión, las reglas del tradicional juego pueden ser fáciles de entender y, si bien existen algunas teorías para salir siempre vencedores, normalmente el ganar o perder son atribuidos al azar. ¿Pero, y si nuestra capacidad para aparearnos (y seguir contribuyendo a la sobrepoblación de mundo) dependiera del resultado que salga?

 

Si nos ponemos a pensar en esa hipótesis, posiblemente, encontraríamos el juego mucho más estresante. Algo muy parecido sucede con la lagartija costado manchado o lagartija norteña manchada (uta stansburiana), que han estado jugando su propia versión genética del juego durante millones de años.

 

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Fuente: Richard Seaman

 

La lagartija costado manchado habita en la costa del Pacífico de América del Norte, para ser más específicos, en el oeste de Estados Unidos, y se destaca porque los machos de esta especie pueden presentar tres diferentes pigmentaciones en sus gargantas, que condicionan la estrategia (siendo una diferente de la otra) de apareamiento.

 

Hay machos naranjas, azules y amarillos, y cada uno, como si se tratara de uno de esos programas de competencia, está dispuesto a luchar contra los de otro color para conseguir una pareja. Pero, ganar esa “batalla” es ligeramente más complicado, ya que cada color es susceptible a las características de uno de los otros dos colores.

 

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Fuente: KQED Science

 

Este reptil parece no ser feroz, pero es muy territorial y todo gira entorno a eso. Los machos naranjas son los más grandes y agresivos. Ellos defienden grandes territorios con varias hembras para cada uno y pueden expulsar a los rivales azules, que son más pequeños y menos fuertes.

 

Los machos azules, en cambio, están más gusto en territorios reducidos y suelen ser monógamos, por lo que su atención es para una sola hembra. Por su parte, los amarillos, que son los más pequeños, no se molestan en resguardar un territorio, prefieren andar por ahí de forma encubierta y aparearse con  las hembras que están sin vigilancia.

 

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 Fuente: KQED Science

 

Debido a que los machos de color naranja no pueden siempre estar pendientes de todas las hembras y “protegerlas” de los intrusos amarillos, estos son particularmente exitosos en este territorio, pero no pueden hacer de las suyas con los monógamos azules, que al centrar su atención en solo una, son capaces de ahuyentar a los “libres” amarillos.

 

Estas curiosas características hacen que las lagartijas macho se mantengan en “jaque” mutuo y permanente, y debido a que cada color tiene un oponente que no puede superar, compiten entre sí siguiendo el patrón del juego “piedra, papel o tijera”, donde uno tiene ventajas sobre el otro, pero es desplazado por un tercero.

  

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Fuente: KQED Science

 

Sin embargo, las hembras también tienen un rol fundamental dentro de este juego y es que también tienen sus propios métodos para elegir a su pareja. Ellas, en principio, prefieren a los machos de su propio color, pero –y aquí lo interesante- suelen elegir a los machos del color que ha sido el menos abundante esa temporada.

 

Asimismo, las hembras ya preñadas pueden influir en la cantidad y el tamaño de los huevos que va a poner. Ajustando el nivel de hormonas en los huevos, incluso pueden modificar el color y la agresividad de su prole, todo para que ni los naranjas, azules y amarillos desaparezcan y se queden fuera de la “competencia”.

 

De esta manera, la especie ha conseguido que el sistema sea estable durante al menos 15 millones de años y, aunque parezca que es imposible vencer, todos ganan el juego más grande, que es la supervivencia. ¿De qué color les gustaría ser si tuvieran que elegir? Apostamos que muchas enamoradas elegirán el azul.

 

 

La naturaleza busca la forma de generar equilibrio entre las distintas especies, pero el ser humano, en muchos casos, interfiere en este increíble balance y es responsable de atrocidades como las que encontraron unos buzos en Indonesia: dos dugongos (vaca marina), enjauladas y amarradas bajo el agua. Lee sobre este acto deplorable aquí.

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